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Y ayer hubo llenos por todas partes: en las pistas de entrenamiento (Moyá
abandonó la cinco como pudo, acosado y a la carrera), o en la mismísima central,
la Philippe Chatrier, abarrotada para una exhibición de Steffi Graf y Justine
Henin ante Safin y Gilles Simon. Minutos antes de que el cuerpazo "panzer" de
Graf invadiera la Chatrier, Nadal había despachado allí mismo a Santoro en un
set de entrenamiento: 6-3. Se fueron Steffi, Safin y los otros, y regresó el
tenaz Santoro, ahora para medirse con Gael Monfils, la gran esperanza negra del
tenis francés. Por cierto, el diablejo Hewit, lesionado y con su novia
embarazada, no está aquí.
Así que lo serio empieza
hoy. Reyes, príncipes y princesas pisan la arena ocre. Van Federer, Nadal, Moyá,
Gasquet, Gaudio, Cijsters, Dementieva, Myskina y Venus, la única Williams en
París: Serena, lesionada, es baja. Hay dos duelos españoles: Moyá-Beto Martín, a
las 11:00 horas, de salida en la pista dos, y Hernández contra Gimeno-Traver,
segundo turno en la pista 11. Nadal debuta en el segundo turno de la pista uno,
con el alemán Lars Burgsmuller como aperitivo.
Dos españolas lo tienen mal
para seguir en París: Marta Marrero, ante Venus, en el último turno de la pista
Lenglen, y Maria Antonia Sánchez-Lorenzo, ante Myskina, tercer turno en la
central. Federer sale en la famosa central, la Chatrier, en el segundo turno,
contra el israelí Sela. El estreno de la alfombra roja de la Chatrier corre a
cargo de Lindsay Davenport, número uno del torneo femenino, ante la eslovena
Srebotnik.
Moyá afirma sentirse
"bastante mejor" del hombro que le martirizó en Estoril y le hizo renunciar en
Hamburgo. Lo peor es cuando saca. Se ha tratado con infiltraciones. Ayer, Charly
dominaba a Massú, al que iba ganando por 6-5 en un set de entrenamiento que se
paró por agotarse el horario. El "cara a cara" Moyá-Martín ofrece un sólido 6-1
para Moyá, que sólo perdió en 2001. Pero esto es Roland Garros, Grand Slam,
cinco sets sobre tierra... y Beto Martín está haciendo una buena temporada.
Nadie puede fiarse de nadie y Moyá no puede fiarse de su hombro infiltrado.
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