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«Éste es el premio definitivo», dijo luego entre bastidores, con el Oscar a la
mejor película extranjera en las manos. «Aunque ahora lo veo con más distancia
que cuando soñaba con ganarlo, cuando era niño».
Aún destilaba el premio Amenábar cuando de reojo, por el televisor, comprobó
cómo se cumplía su otro presagio de la noche: «¡Ah, se lo han dado a Clint
Eastwood!». Cuatro Oscar a 'Million Dollar Baby', incluidos los de la mejor
película y el mejor director. Martin Scorsese se hundió definitivamente en la
silla, tras el doble gancho derecha-izquierda de Eastwood, precedido del premio
a la mejor actriz para Hilary Swank. Los cinco Oscar menores para 'El Aviador'
le sirvieron a Scorsese como somnífero, pero no como consuelo. Otra vez será (y
van cinco).
Antes, claro, el Oscar a la mejor canción y el «do» de pecho de Jorge Drexler,
que se desquitó cantando lo que no le dejaron cantar: «Clavo mi remo en el agua
/ llevo tu remo en el mío / creo que he visto la luz al otro lado del río»... No
le hizo falta la guitarra de Carlos Santana; él solo se bastó para arrebatarle
el remo renqueante a Antonio Banderas, que dejó sobre el escenario un deslizante
río de sudor. Tal fue el bochorno que pasó usurpando la voz del uruguayo.
Banderas no debió cantar. Bardem no debió dejar a Amenábar solo ante el peligro.
Amenábar no debió dejarse en Madrid a las chicas. Todo ocurrió al final como por
sorpresa, contra la corriente, rema, rema. Daba cosa descorchar el champán;
nadie se había molestado en preparar siquiera una fiesta.
Lo único que tenía previsto Amenábar era lo de hoy: llevarse a sus padres a los
estudios Universal y disfrutar como un crío subiéndose a la montaña rusa.
Arriba, arriba.
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